viernes 27 de enero de 2012

La pintura de los nombres propios

Etcéteras. Alfons Freire, Galería Sargadelos, enero-marzo, 2012

El azar y la necesidad
                                              
Dicen que la filosofía está socialmente muerta desde hace algunas décadas. Y puede que sea así, a excepción de algunas erupciones esporádicas que consiguen sacar durante unos meses la cabeza, para quedar colapsadas en un segundo y último extremo en forma de extravagancia, reducidas a la incomprensión de lo poco riguroso, o acusadas por los expertos más prácticos e integrados de ser el remake de una nostálgica y disfrazada superioridad, o condenadas por muchos otros a una indiferencia hacia aquellos que molestan con pensamientos complicados, anticuados y faltos de la practicidad y de la rapidez que «se necesitan» en nuestros tiempos digitales descompuestos. La actualidad parece haber engullido el ritmo sosegado y atento a los oídos del pensamiento y de la cultura, y no sólo de los clásicos, que sin duda sólo podrían leerse a la luz de nuestro presente, sino de esos muchos otros pensadores contemporáneos que intentan explicar con grandes dificultades teóricas nuestro presente, actualizando nuestro pasado y enfrentándose con el presente y con el porvenir. (Tal vez ahí todos nos tragamos la coartada de «una» postmodernidad distorsionada, superficial y oportunista, aquella que cargaba contra toda la historia del pensamiento por no saber distinguir en ella la china que tenía clavada en su zapato, y que en el mismo viaje ofrecía ventajas a la actualidad para cargarse todo cuanto le molestara, incluido aquello que podía rescatarse del mismísimo presente, aquello que parecía interesado en el desarrollo y en el porvenir de la sociedad. Hoy ya sabemos que los postmodernos críticos con la postmodernidad caducan todavía más, incluso antes de poder presentar sus propuestas.) El resultado es evidente: grandes conjuntos de ideas ocupadas con interés en nuestro tiempo son sustituidos por su incomodidad, archivados en el apartado de «Obsoletos».

Noites en branco coma sabas


      Del mismo modo, del arte se dicen muchas cosas: que está muerto (los puristas), que es nuestro (los diseñadores, los publicistas, los productores audiovisuales y los cantantes, hasta los deportistas y los políticos), y también (según los más sensatos, dedicados, tenaces y obstinados artistas) que vive por su acción, por su actividad o por su apuesta por la invisibilidad militante, en un terreno que intenta escaparse del juego espectacular de nuestra época. Sin embargo, en su preeminencia representativa o en su hermética ambigüedad escondida, resiste con dificultades ese mismo juego de la actualidad que padece la filosofía. Aunque, en cierto modo, el arte sea tolerado por nuestra actualidad en sus diferentes formas por su capacidad de juego, consuelo y esperanza, y porque se convierte fácilmente en un útil objeto que «de mano en mano va». No obstante, no, no piense el lector que mi objetivo subterráneo es desvalorar al arte e introducir el pensamiento y la filosofía en él, como se ha hecho tantas veces: en ese caso, el remedio sería peor que la enfermedad, tanto para la filosofía como para el arte. Sólo creo que el arte y la filosofía (y el pensamiento) tienen un problema en común. Y no creo que ni el arte ni la filosofía estén muertos.

Revisando os danos


    En estas tribulaciones me encuentro cuando me topo con una obra pictórica que me introduce de golpe en la fisura entre estos dos macizos de la miseria del raciocinio contemporáneo. La primera impresión de Etcéteras, título de esta muestra, me conduce desde su título a un punto de atracción: lo repetido, la serie que se extiende ya sea en una obra, en los escenarios de las telas, en los personajes que aparecen entretejidos entre sus cajas, en sus frutas, sus pescados, sus juguetes, sus caramelos masticables, sus chicles y sus objetos revueltos, emergiendo a medias en torno a una marejada de complejidad, similar tal vez a la del mundo que se nos impone hoy. Sus repetidos personajes, a veces incluso doblados o triplicados, otras casi sincopados, parecen esmerarse en el esfuerzo de salir a flote, de navegar, de flotar sobre la superficie de un mar lleno de objetos más parecido al resultante de un naufragio reciente que al más limpio de un océano en calma o incluso al de unas aguas agitadas geométrica y tendencialmente por las tormentas.

Detente a miña beira

    Sin embargo, estos elementos seriales no han quedado a la deriva, suspendidos en la consecuencia de una foto fija, sino que continúan flotando en un mar que los conduce de modo continuo sin agarraderas ni sujeciones,  en volandas, aportando una cómoda inercia totalmente acorde con los tiempos en que vivimos, una cómoda superficialidad. Algo que el artista se encarga de bañar de sonrisas entre angelicales y afiladas, entre perdidas y boquiabiertas, cruzadas por gestos corporales ocupados en tareas que parecen muy bien los «trabajos de los días», pero que terminan por ser los «juegos de un presente que queda pendiente de resolver», en un inevitable desorden a partir del cual se debe irremisiblemente partir en una deriva honorable. Y sin dejar de sonreír o de mostrar una segura placidez.

Nicolas traduce a Bourriaud


    Pero debemos volver a la filosofía. No son tantos los nombres propios que han aparecido en el interior de una tela, al menos fuera de retratos que los caracterizaran o ejemplificaran como tipos de una época o como modelos de un relato más o menos universal. Y son todavía menos los filósofos o los literatos que han ocupado el lienzo, el busto o el espacio de una obra de arte. Pero sobre todo son casi únicos los que salen ocupados en tareas que remitan a su pensamiento propio o al diálogo con otros pensamientos. Y no existían, y ahí me surge la pregunta, los que descienden al nivel de lo cotidiano o a la palestra de las tareas más corpóreas y diarias para ocuparse de un presente de la vida que se nos escapa, prácticamente en mangas de camisa, enzarzados en juegos muy primarios que parecen remitir, con toscas herramientas y toscos gestos, a la ocupación de un tiempo que parece estar dormido. No sé si es casualidad, o no, que algunos de los nombres propios que se han metido en los cuadros de Etcéteras sean filósofos cercanos en su trabajo y su pensamiento a la sociedad más de a pie, al juego de la comunicación y de la vida más a ras de calle. Pueden ser imaginaciones mías, de cualquiera que vea los lienzos o incluso del propio artista en un ánimo (que casi seguro negaría) de trazar una línea hipotética de fuga entre la representación y el mundo de la actualidad que inevitablemente se nos impone, un pasillo que atraiga en un pliegue, al interior del cuadro, la superficialidad de lo que nos rodea.

El último sugus (Zizek 01)

    No sé cómo han entrado en sus cuadros esos nombres propios, aunque su serialidad y sus caras me suenan y no puedo dejar de reconocerlos en la actualidad que afuera engulle a sus dobles de carne y hueso, en el meollo de la discusión banal de nuestro tiempo. Pero eso me hace pensar ahora que tampoco sé cómo hacer salir a los personajes comunes que también comparten exposición con todos los nombres propios: no es menos difícil saber cómo encontrar nombres propios (de a pie) que no sean engullidos por cualquiera de las actualidades que se nos escapan. La tarea (en común, no común) consiste en descifrar este enigma: seguir la repetición y la deriva para responder al interrogante de la vida cotidiana y a la singularidad de los nombres propios.

    A lo largo de las próximas semanas puede visitarse en la galería Sargadelos de Barcelona una exposición individual de Alfons Freire, artista del que hemos hablado ya en alguna ocasión en este blog («Alfons Freire. Los embalajes gastados») y amigo de la filosofía y de las imágenes.

Chandelle 01

Galería Sargadelos
Dirección: Provença, 276. 08008 Barcelona
Correo: galeriabarcelona@sargadelos.com

Noticias relacionadas:
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jueves 15 de diciembre de 2011

La risa (II). La risa de la hiena. Rafael Argullol, Jordi Abelló, Albert Mercadé


Ayer, algunos miembros del Gep21 presentamos en la Fundació Arranz-Bravo del Hospitalet La risa de la hiena, edición de libro de artista que presenta una propuesta transversal entre el pensamiento y el arte, algo no demasiado habitual en los circuitos y en las propuestas artísticas actuales, y que efectivamente se echa de menos a pesar de ser una fórmula valiosísima para el enriquecimiento de la creación y para la difusión creativa de la actividad artística. En esta obra han colaborado Rafael Argullol, con un texto de su último libro; el artista Jordi Abelló, con sus dibujos, y el crítico Albert Mercadé, en la coordinación del libro.



         La jornada fue muy agradable, e interesante el intercambio de lecturas al hilo del tema de la risa, que hemos estado trabajando durante las últimas semanas. 

         No obstante, me resultó especialmente revelador el diálogo con el artista sobre su visión del arte, el retrato, la expresión, el magnetismo de los rostros... Tanto que espero poder dedicarle algo más de tiempo en este blog a su obra y a los temas de los que se ocupa. Como anticipo, tenemos ya en este momento una muestra que Abelló presenta simultáneamente en la Fundació A-B: la exposición Trilogia del crim, obra serial de pintura en tres actos: Crim, Carrer, Interiors, que os invito a visitar.


        De todas maneras, os dejo unos enlaces a los textos que hemos preparado para la presentación y otras informaciones relativas al acto.

Materiales
http://fundacioarranzbravo.wordpress.com/2011/12/14/sobre-las-carcajadas-oscuras-por-tomas-caballero-text-a-proposit-de-la-publicacio-del-llibre-la-risa-de-la-hiena-de-rafael-argullol-jordi-abello-albert-mercade/

http://www.kulone.com/ES/Event/2814449-Inauguració-de-l'exposició-de-JORDI-ABELLÓ-Triologia-del-Crim

viernes 25 de noviembre de 2011

La risa (I). Bergson: el círculo de la comedia, el hilo de la tragedia



     En su ensayo de 1899, Le rire (La risa), Bergson ofrece una distinción entre dos importantes géneros dramáticos: la tragedia y la comedia, una diferencia en la cual, no obstante, deja abiertos ciertos hilos que ponen en comunicación y en relación algunas particularidades de ambos. La suya es una delimitación que resulta de gran importancia para los tiempos en que vivimos, marcados por ritmos que oscilan entre un lado y otro de esa estructura, y donde a diario nos exponemos a experimentar las tragedias más apocalípticas o a introducirnos en cualquiera de las nuevas comedias de masas, y donde a la hora tanto de vivir como de experimentar hechos culturales, realizamos elecciones vitales que parecen llevarnos en una o en otra dirección. Todo ello ha sido posible probablemente por la generalización de las pantallas cinematográficas, la mundialización de la televisión y la generalización de los grandes espectáculos de masas, entre ellos los deportivos (aunque ése sea otro tema que deberá tratarse en otro momento, igual que su correspondiente análisis en relación con los nuevos medios de comunicación digitales).   



    En la definición de Bergson, los géneros del drama y la comedia aparecen relacionados con la vida, aunque uno lo hace con la continuidad, la identificación y el sentimiento hacia los otros, en lo que llama «emoción» y «piedad» (en el caso de la tragedia), y el otro se lanza a la discontinuidad, la distracción y la separación del mundo (la comedia). Uno parece profundo; el otro, gaseoso, líquido, y sobre todo circular, repetitivo. Así, según la tragedia, la seriedad de la vida surge de nuestra capacidad de libertad, de afrontar la existencia conectando con las situaciones, con sus dramas y particularidades, buscando cumplir nuestro destino. Por su parte, la comedia se dedica a mostrar la debilidad y los límites de esa libertad, cubierta por hilos como de marioneta, en la cual no nos queda más que sortear de manera evasiva la trampa de la sorpresa y las dificultades que se nos presentan al afrontar nuestro destino individual. Respecto a esta dualidad, y al hilo del ensayo de La risa, veamos cómo son sus correspondientes y contradictorias relaciones, tanto en la vida como en el arte.


      La idea central de La risa conecta con la división canónica clásica entre comedia y tragedia, aunque de una manera sustancialmente distinta y atribuyendo concesiones a la comedia que sólo podrían darse en un pensador relativamente abierto a lo moderno y situado entre los siglos XIX y XX. En efecto, para Bergson, lo cómico tiene algo de estético, surge, como el arte, en el momento en que la sociedad no piensa sólo en su mera conservación (algunos pensadores defienden que el origen biológico de la risa pudo estar en la expresión de alivio tras sufrir algún peligro, en cuanto acto de ceremonia grupal). Sin embargo, aunque las situaciones no causen risa si no somos capaces de ver en ellas un espectáculo, lo cómico no pertenece del todo al arte, ni es un «placer puro […] exclusivamente estético, absolutamente desinteresado. Lleva consigo una segunda intención que la sociedad tiene para con nosotros, si es que no la tenemos nosotros mismos». En un primer momento, la risa se instala en un centro temático desde el cual alcanza a ver el horizonte y los límites de lo trágico, en el cual comparte también categorías artísticas y desde el cual puede interactuar con ellas, pero asimismo resulta finalmente posible sólo gracias a una accidentada sociología de lo humorístico: establece un puente entre la tragedia y la comedia, para después dinamitarlo. Enfría el drama y, en lugar de generar un circuito de autocrítica común que se retroalimente entre ellas, pulveriza finalmente los sentimientos.


    La risa parte de unos momentos de sensibilidad comunes con la tragedia (la inteligencia debe quedar en contacto con otras inteligencias, necesita de un eco que quiere prolongarse, repetirse gradualmente en el otro, servir de ejemplo), pero al final resulta una forma ideal de evadir la amenazante implicación con los otros, se vuelve indiferente a la escena. En Bergson, desde luego, es recurrente la identificación de la risa con un tipo de función artística imprescindible: lo cómico «se dirige a la inteligencia pura y simple», pero también exige algo así como una «anestesia del corazón»: le atribuye una conexión con la insensibilidad del público para, finalmente, en el «grupo», hacer de la risa una forma de recriminación del risible, de aquello de lo que nos reímos. El fin de la carcajada no es que quien tropieza y cae elija un sendero nuevo, tragicómico en último extremo, sino que se prive de salir del sendero que el grupo le marca; en ese sentido, la risa es una amenaza.


    ¿Qué nos produce entonces la risa? Aquello que no acaba de estar en sintonía con el presente y que se queda atrás en el pasado, el distraído, el inconsciente, el autómata, la disposición de cualquier persona a ser imitada. ¿Y qué la hace estallar en carcajada? Su capacidad de humillar, de advertir de una falta y de dar cohesión a un grupo con relación a sus miembros y con relación a los que están fuera de él. Para Bergson, lo cómico requiere para despertarse de una cierta conexión simpática con el objeto de la risa (éste es uno de los fundamentos del surrealismo), pero también de un cierto adormecimiento de la sensibilidad que cumpla la función social que le caracteriza. Podemos hallar aquí, en la vulgarización de la comedia moderna, el germen de la distracción contemporánea de masas, sobre todo como género aglutinante y evasivo de otros géneros. Hemos de decir, en su defensa, que el drama, por su parte, tanto como el surrealismo, reclaman una actitud sobre todo personal, y no una acción grupal masiva. El personaje digno de compasión es integrado en un proceso individual heroico, solitario pero solidario. De una manera muy básica, podríamos diferenciar entre el sentido del humor, el reírse de uno mismo, y la carcajada, el reírse de otro que caracteriza al grupo. 

    En este punto sería conveniente hablar de la visión del arte de Bergson, y cómo se instalan estos dos géneros dramáticos en su centro. En su ensayo, señala que «el arte no tiene más objeto que apartar los símbolos útiles desde el punto de vista práctico, las generalidades aceptadas convencional y socialmente, todo lo que en suma, nos oculta la realidad, para ponernos frente a la realidad misma. […] El arte no es seguramente más que una visión más directa de la realidad». De modo que es en ese centro donde se instalan la risa y el drama: donde ambos tienen cabida, y cada uno de ellos tiene su velo. Para Bergson, distinguir estos dos velos es «la parte más importante de nuestra tarea».

    Así, en el drama, el poeta trágico abre el arte sin llamar la atención sobre la materialidad de sus héroes, «hay estados del espíritu que nos conmueven en cuanto los conocemos, y eso impide su comicidad». Allí se expone un estado del alma que se encamina poco a poco a que lo tomemos en serio, un sentimiento que permite a la emoción comunicarse con el resto de la psiquis, una persona entera que actúa, un paso gradual entre el sentimiento y la acción, un deslizamiento a lo largo del hilo que va del sentimiento al acto. El arte dramático nos pone frente a la realidad misma: busca y consigue poner a la luz una realidad profunda que las necesidades de la vida nos ocultan, a menudo en nuestro propio interés (las explosiones de sentimientos violentos podrían ser habituales, pero es útil que se eviten, y el drama nos proporciona el placer de soñar con esas explosiones bruscas sin sus consecuencias, encontrar de nuevo su parte más íntima). Tanto si debilita la sociedad como si refuerza la naturaleza, persigue el mismo objeto: descubrirnos una parte oculta de nosotros mismos. Nos interesa lo que se nos ha hecho entrever de nosotros mismos, las cosas nuestras que habrían podido ser y no fueron. Se nos impone como digno de imitación; la obra nos sirve de lección.

   
    Pero el exceso de drama, y ahí el guiño de Bergson a la modernidad, es la búsqueda de un fondo que no termina de encontrarse; el destino que los románticos buscaban en el ser humano termina por convertirse en objeto de parodia. El fondo se abre momentáneamente por medio de la risa, pero de otro modo: lo cómico expresa ante todo «una determinada inadaptación particular de la persona a la sociedad», señala la locura que se puede corregir, la que es producto del ensueño, el absurdo cómico, la quimera del Quijote. En el ensueño, el espíritu, enamorado de sí mismo, sólo busca un pretexto para materializar sus imaginaciones; no recuerda para interpretar lo que perciben sus sentidos, percibe para dar cuerpo al recuerdo por él preferido. Por ello, las ilusiones de la vanidad y el ridículo se sitúan en el centro de la risa, y ésta cumple la función de hacer que el distraído y su público adquieran conciencia de sí mismos. La comedia, así, brota de resaltar parecidos, de ofrecer tipos, de alcanzar el exterior de las personas, de mostrar aquello por lo que muchos se ponen en contacto y llegan a parecerse. La individualidad del héroe trágico, única en su género, pasa así de lo trágico a lo cómico cuando se aisla el sentimiento y se impide a la emoción comunicarse con el resto del alma (la avaricia en Molière), cuando se evita un estado del alma que reclama que lo tomemos en serio, que no pide fin alguno, ni provecho.  


    Y éste es justo el punto en que comienza también el exceso de comedia, el punto en que se mantiene sistemáticamente la indiferencia. Comenzamos por invitar a lo que nos divierte a divertirse con nosotros, lo tratamos como amigo; el risueño posee una apariencia de bondad. Hay un momento de distensión, un juego de ideas. Nuestro primer impulso es asociarnos a ese juego, descansar de la fatiga de pensar. Recibimos la deformación como una caricatura de nosotros mismos: el cómico nos hace reír porque nos permite una proyección y una descarga de la tensión ante lo que nos representa. Pero sólo descansamos un instante. La simpatía que hay en la impresión de lo cómico es fugaz: la risa se vuelve de espaldas al arte, no rompe con la sociedad y retorna a la simple naturaleza. Quien ríe «entra enseguida en sí mismo, se afirma a sí mismo con más o menos orgullo y tendería a considerar la persona del otro como una marioneta cuyos hilos tiene en sus manos». El cómico nunca busca su propio ridículo, sino que adormece nuestra sensibilidad con ensueños, poniendo de manifiesto el ensueño de sus personajes. Corta nuestra simpatía en el momento de manifestarse, evita que la situación se tome en serio. «La sociedad responde a las impertinencias con la risa, que es a su vez una impertinencia todavía mayor»: la risa no es benévola, devuelve mal con más mal. La sociedad se venga de las libertades que se han tomado con ella, aunque a menudo «castigue los excesos azotando a los inocentes y dejando impunes a los culpables, sin poder hacerle a cada caso el particular honor de examinarlo por separado».

   
   En esa presunción de la carcajada de masas, pervive todavía uno de los males del siglo XX, algo que ni las «nuevas» relaciones sociales, ni las «nuevas» propuestas culturales, ni siquiera las posibilidades tecnológicas que se nos abren hoy, parecen querer o poder impedir. Basta con salir a la calle: las carcajadas urbanas, tanto como las carcajadas rurales, son cada vez más sonoras y ridículas, son como risotadas bufonescas que contrastan con el silencio trágico, tanto de los excluidos de la vida social, sometidos a una tragedia involuntaria y sin posible redención ni catarsis, como de todos aquellos que soñaron en algún momento con apropiarse de su vida y pasar por la lucha y el conflicto de la continuidad. Se echa cada vez más de menos cualquier tipo de impulso de libertad compartida con los otros, trágico, como no podría ser menos, tanto como de autocrítica, cómica, por supuesto, con capacidad de reírse de uno mismo y de utilizar el sentido del humor para conectar con optimismo con los demás.

Referencias de lectura

Henri Bergson, La risa, Madrid, Alianza Editorial, 2008.
Fotografías de Tomás Caballero


lunes 31 de octubre de 2011

La diferencia que nos une (álbum en Flickr)

MúsicaBerlín 2007. Perspectiva de salidacontemplacióndevenir

La diferencia que nos une, un álbum en Flickr.
Claro que hay algo que nos une, que más bien nos conecta, en una relación dinámica, permanente, que no puede consolidarse porque si lo hiciera dejaría de estar comunicada. Nos une la sensación solidaria de nuestras diferencias, la sensación de que nuestra falta puede ser entendida, comprendida y apoyada por alguien que está fuera, al tiempo que correspondida por nuestro apoyo, comprensión y entendimiento de la falta que llena a nuestro diferente complementario: ése es el lazo potencial que nos une, la capacidad de encontrarnos, la posibilidad de un espacio abierto que haga de intermediario.

domingo 23 de octubre de 2011

Llegará el otoño

              
Juan Carlos Estudillo
















Aprovecho una curiosa coincidencia con una pieza de mi amigo Juan Carlos Estudillo, y a cambio le ofrezco un poema semiabandonado entre mis papeles, para que lo combine con su trabajo. Su rizoma me convence. Espero que sepa disculparme por este atropello de espigador de la memoria aficionado. Aprovecho para agradecerle sus últimas iniciativas y para romper con todos vosotros mi silencio de meses en el blog.

Otro día podré observar
(sin equivocarme)
las rosas
abrir sus labios sin prisa.
Escucharé el tranquilo silencio                           
de unas ventanas sin límite.
Otro día será:
veré el sueño diluido                      
al amanecer el balcón helado.     
Alcanzaré la suavidad
de unos rayos
de sol.
Y unas voces en el patio.
(Cualquier día llegará la primavera
y pasearé por el parque,                                       
las hojas de mis libros se colgarán de los árboles.)
Otro día será,                            
las calles levantarán sobre mí 
ese vapor helado                        
en que todo sucede despacio,                         
soñarán mis manos muertas      
con el camino mágico,                                      
caerán las hojas de los árboles, 
al suelo,                                      
y sobre ellas escribirá dulce el tiempo.


sábado 28 de mayo de 2011

Ocuparse de las plazas: cuidar la semilla que atesora el silencio. (Mayo, 2011)




Creo que muchos estamos sorprendidos y contentos ante la visión de algo que parece estar cambiando. Un cambio de carácter ideológico, y no sólo político; o, mejor dicho, un cambio que pone de manifiesto que lo ideológico no siempre está al servicio de lo político, al menos de la política convencional, y que en algunos momentos el pensamiento puede adelantar a lo político por la izquierda. Estos días hemos visto circular un torrente de imágenes en las redes, en los propios medios de comunicación (a pesar de su filtro), en las calles, y, sobre todo, en el interior de las plazas. La imágenes, si las leemos, son un espejo de lo que sucede en el centro de esta novedad: el suyo no es un movimiento de lucha generacional, sólo de jóvenes, contra un sistema gobernado por sus mayores (pues ahora sus mayores están tan afuera del sistema como ellos), la ternura, la coherencia y la pureza de esta juventud está escribiendo un capítulo en la historia del mundo contemporáneo, el de todos; pero tampoco es un movimiento de seres politizados, pulidos en la escuela de las luchas obreras, sindicales, contraculturales o sociales, aunque de hecho esté imbuido de su pasado, de su imaginario, de sus ideales y de la necesaria experiencia de los más viejos en esta movilización, perplejos ante la naturalidad de gestos de estos espontáneos «indignados», grupo que no tiene comportamiento de manada, que la rechaza, sino de agrupamiento de seres singulares, solidarios, en un intento de realizar aquella democracia que tantas veces, durante décadas, les han vendido los publicitarios de nuestro sistema, y que tantas veces les han prohibido cuando no funcionaba según las reglas de «su» juego.



Este es un movimiento que busca solidaridades, puntos de encuentro común, y que encuentra transversalmente un rastro imposible pero necesario de oxígeno común para todos los sectores sociales, todas las edades y todos los grupos diferenciados del mundo complejo que vivimos. De hecho, las madres se han solidarizado con sus hijos, los hijos se han sentado a escuchar las experiencias de los viejos que todavía guardan memoria de los engaños que lastran el pasado de este país, y en las plazas han compartido espacio los trajes y las rastas, los fotógrafos y los ecologistas, los micrófonos y las manos, la acción y la organización, el estudiante y el vecino. Mayo recorre un cambio ideológico, y no sólo político, y tal vez una consigna resuma esta quincena: «No somos antisistema, el sistema es antinosotros».



Ya desde hace unos cuantos días vengo pensando cómo sumar mi voz a un acontecimiento que, sin dudarlo, está comenzando a crecer como un ser vivo, con una voz personal que resulta posible, no obstante, por el esfuerzo realizado durante muchos años en el interior de toda una multitud silenciosa y excluida. Muchas personas, muchos proyectos, y un espacio de potencia dentro de esa infinita masa de capas silenciosas que perciben, sienten la indignación y anhelan encontrar el hueco por el que superar las barreras que nos limitan y a la vez nos separan. Del mismo modo que a muchos, es la primera vez en muchos años que me siento presente e identificado en un movimiento, representado por mí mismo, es decir, lejos de la exclusión y de la autoexclusión, pero también lejos de la cobertura y la defensa de alguna sigla o de algún líder, lejos de ser impulsado por un torrente de personas que siguen a sus representantes hasta el final del recorrido, ceñidas, acorazadas, escoltadas, y por consiguiente desvalidas, ante la delgada e imprescindible representación, la única e insustituible voz de la que deben depender porque es la única voz autorizada para hablar con las santas autoridades, aquellas que parecen haber sido siempre las primeras en llegar justo al punto del que siempre estamos excluidos. Desde luego, no quiero quitarle ningún merito a todas aquellas grandes personas que lucharon en el pasado, fundamentalmente porque seguro que consideraron imprescindible hacerlo de ese modo, antes de que la burocracia parlamentaria contemporánea vaciara de contenido toda lucha, y la convirtiera sólo en un test para cambiar su retórica plana y orientarla en el sentido de sus inercias mecánicas. Pero estos días hay algo que cualitativamente supera anteriores movilizaciones, seguro que para bien, y que permite tomar la palabra en la forma más cercana posible: la horizontalidad de la asamblea.



Me alegro de que el plato fuerte que se guisa a fuego lento en este momento en las plazas sea el de la representación. La pregunta es ésta: «¿Por qué seguir la exigencia representativa de unos pocos y delgados portavoces, si los representados son más bien una inmensa multitud de singulares? ¿Es que no hay suficientes vestidos para vestir a la sociedad entera y dejar que ella hable con voz propia y dirija sus propuestas a tan dignas y asentadas majestades, sin la ayuda de estos mediadores anodinos?». Por todo lo que se está viendo en estos nuevos agrupamientos, parece que en este desplazarse (hacia las plazas) de los antiguos recorridos canalizados por las antiguas manifestaciones y por los antiguos mítines de fin de itinerario, por la catarsis electoral de cada varios años, parece que en las sobrevenidas acampadas que incluyen en su seno círculos concéntricos de diálogo, momentos de intercambio, pausas e interpelaciones, silencio en los gestos de las manos, el ánimo cobra un respiro que se expande en la horizontalidad, de manera que uno ya no debe sentir que está gritando soflamas, gritos o lamentos dirigidos al cielo, a un interlocutor sordo o cínico, imposible o inaferrable, sino que puede bajar un poco el tono de voz y hablar más tranquilamente con sus compañeros de recodo en el ágora, aunque no los conozca de nada y haya coincidido con ellos gracias al choque azaroso de la casualidad, una casualidad, por otra parte, que me temo no es nada casual. Más bien es digna del pedazo de espacio que ha cobrado forma de ser vivo y de una manera especialmente natural y familiar. Digna de un espacio en el que ponerse a trabajar, sentados, por la representatividad que nos une: la de nuestra diferencia común.



Y ese es, creo, el espíritu de las plazas: el paso del extrañamiento que se experimenta cuando atraviesas una plaza vacía, como puesta para el uso y disfrute del ocio permitido, o regalado, de unos benevolentes gobernantes y urbanistas, una plaza que parece decirnos «Venga, que os hemos puesto una plaza, un monumento a la gloria y un espacio para el recreo», en la cual a veces hay mucha gente, formada y uniformada para una sosa ocasión ceremonial, con un pretexto señalado, totalmente trasplantada para la ocasión…, una plaza que de otro modo está simplemente vacía… Ese extrañamiento se diluye como una nube cuando pasas al interior de esa plaza y entras en otra plaza cubierta de cuerpos recién llegados que se mueven en un movimiento browniano, azaroso, como pululando, como esperando contactar con su alter ego más cercano, potencialmente cargados a la espera de su continuación, en un espacio en el que se cuece algo por descubrir, como quien entra en un universo nuevo que necesariamente debe explorar para tomar cuerpo en él y sentir como suyo el espacio, en el que a la espera de la correspondencia de los otros le corresponde, como un reflejo, todo el pasado dormido que rebrota en nosotros como un géiser. Resulta extraordinariamente familiar el reconocimiento en los otros de un pasado dormido que se enlaza con las voces de unas personas que nos hemos cruzado en el presente, personas que curiosamente piensan cosas que ya habíamos pensado nosotros. Son casualidades bienvenidas que hacen real lo posible, lo dormido, lo silenciado, y sobre todo nos permiten encontrar un reflejo gracias al cual podemos identificarnos.



Es el reencuentro de lo inesperado, el contacto de la diferencia que nos une, nuestro imposible común. Y pone de manifiesto las barreras que limitan a diario la conexión entre nuestras individualidades inducidas, y qué clase de corrientes se producen cuando retomamos el más viejo espacio del ser humano, el claro del bosque, la plaza, el recodo del camino, y sorteamos esas barreras y apelamos en ese espacio desde la singularidad que nos caracteriza, y lo hacemos íntima y solidariamente para establecer unos lazos que, a pesar de ser inaugurales, sólo se pueden romper con la violencia del totalitarismo o de la demagogia, y que de hecho no se pueden romper, porque su tejido es el tejido del silencio y de la empatía, el tejido de cierta fuerza invisible que algunas personas mencionan . Lo que queda súbitamente libre es el eco, la continuidad de las voces en un espacio de propuestas que suenan entre ellas como cuerpos renacidos, recuperados, enriquecidos, que vibran a medida que recorres los pasillos que dejan sus concentraciones moleculares. Un eco cubierto tenuemente por lonas improvisadas que protegen las agrupaciones, unos techos que consolidan los lazos, bajo los cuales se producen los intercambios ya comenzados. Techos velas que, de otro modo, orientan los nuevos itinerarios. Y bajo esos techos han ido creciendo durante estos días comisiones, y de las comisiones, cocinas, almacenes, bibliotecas, enfermerías, guarderías y toda una ciudad, un micromundo renacido como modelo de lo que queremos construir, transformando lo que ya tenemos y nos ha decepcionado.


Sorprende que no acabe, que hayamos respirado unos minutos y no sea un sueño, y que una vez incorporado ese juego de vibraciones, y a medida que la densidad del ambiente se hace más clara y diáfana, que el ruido de los oídos se acostumbra a ese nuevo contacto, comience a dibujarse todo un marco de imágenes recortadas. Pero hay que seguir respirando, coger práctica. Sorprende que la realidad sea más duradera e intensa que los sueños. Y entusiasma que siga el descubrimiento del fluir de los secretos: que aparezcan de repente ante los ojos, colgados de los hilos de los árboles, pegados en tablones, depositados en paredes improvisadas… y que las superficies comiencen a hablar por sí solas, y que el espacio comience a cobrar relieve. La escena parece onírica, pero en realidad, con sólo pensarlo un poco, todo es tan sencillo como que las notas las han dejado allí otros seres, es decir, que no has despertado de un sueño y has caído en la pesadilla del resumen de un medio de comunicación, de la voz de un representante político que te explica mejor que tú mismo lo que pasa por tu cerebro. Sino que te despiertas y descubres que las ideas siguen pareciéndose a ti, y que el flujo de secretos continúa y que tú mismo puedes depositar en los árboles y en las superficies los secretos que te pertenecen. Y comienzas a descubrir que la plaza tiene un mapa, que ha comenzado el intercambio organizado de ideas, y que la plaza cada segundo se hace más densa.


Es de agradecer el trabajo que las organizaciones sociales son capaces de llevar a cabo, la fuerza de su juventud, la impagable inversión en conocimiento y experiencia que realizan a lo largo de los años. Y esa es la muestra que se les puede ofrecer a todos aquellos que se muestran desconsiderados y despreciativos con su trabajo silencioso. Y también a unos medios de comunicación que cargan de estereotipos a todo aquel que no responde a su normalización. «Lo imposible tarda un poco más», dice una consigna de estos días, es necesario saber esperar. Eso equivale a no cambiar por cambiar, algo que, por el contrario, le es ajeno tanto a la mentalidad de los capitalistas como al coro de resignados que esperan obtener un puesto vitalicio a costa de los demás, o incluso a aquellos que desearían una licencia de contestatario representativo, o de portavoz privilegiado de los cambios. (Este último ha sido uno de los detonantes de este movimiento, porque supone la conciencia de toda una época de traiciones a la sociedad por parte de muchos de sus intelectuales, sus representantes y de sus políticos.) Digo que es maravilloso el trabajo de esta nueva generación, y fundamental. La ocupación creativa de las plazas muestra que las organizaciones y los movimientos sociales no sólo son capaces de indignarse, de poner de relieve las evidencias de maldad, cinismo, irresponsabilidad, inutilidad intelectual y cobardía de toda la clase política, comunicativa, industrial y económica de nuestro sistema, sino que muestran la capacidad de descubrir el hueco por el que pueden recuperarse nuestras conexiones perdidas, reconstruir los tejidos dormidos, que fueron extirpados y calcinados por la inconsciencia, mostrar un ligero norte lejano y ajeno a las engañosas ideologías del futuro, un ahora real, técnicamente posible para mantener las brasas del espacio humano calientes, para cuidar del campamento y apostar por un crecimiento en un sentido colectivo, común.




De repente, toda la semiótica de las consignas, y su transformación, mutación y diseminación, se ha enlazado y cristalizado en un tejido social, y no sólo flota y prolifera como una tormenta, como un torrente desquiciado y a la deriva, como una fuerza bruta fácilmente manipulable y objeto de coartada por parte de los provocadores, ni siquiera como el anuncio de un despertar primaveral en un escenario florido, en otro mundo que no es el nuestro y que, por tanto, es imposible de materializar. Este tejido social descubre que el sol brilla más, si se le deja brillar, y que pueden abrirse huecos para hacer que se vea desde lo lejos, no sólo desde las plazas del centro, sino desde el resto de las plazas. Esa es posiblemente la tarea de nuestro presente, en la que estoy seguro que el silencio de la singularidad seguirá progresando, al margen de que mañana, en una semana o cuando sea, las plazas dejen de estar acampadas. Las plazas tienen ahora algo nuevo, nosotros tenemos ahora algo nuevo: se han trazado unos nuevos vínculos con el espacio, una solidaridad callada que nos une: un imposible común que va a encontrar eco en todas las plazas con ritmo, con el suyo.



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Lecturas

Agustín García Calvo, "Asamblea de la Puerta del Sol - Habla Agustín García Calvo – Madrid, 19 de mayo de 2011". Vudutv.
Montserrat Galcerán, "No sólo es indignación. Inventando nuevas formas de hacer política". Madrilonia.
Giorgio Agamben, La comunidad que viene, Valencia, Pretextos, 2006. 
Maurice Blanchot, La comunidad inconfesable, Arena, 2002. 
    Véase también el siguiente vínculo:  La comunitat inconfessable.
Leónidas Martin, "#spanish revolution. El retorno de la fuerza sin nombre", Enmedio.
Guillemo Kaejane, "Nuevo soplo en el viento. El movimiento 15 M y el jazz". Madrilonia
Tomás Caballero, "Poètica de les noves arts", Quadern de les arts.



Todas las fotografías utilizadas en este artículo son fragmentos de imágenes recogidas en Internet sobre los acontecimientos de Mayo. Dada la inmensidad de documentos repartidos, quiero agradecer en especial el gran trabajo de recopilación que han hecho los siguientes links:


jueves 5 de mayo de 2011

Notas para una estética de la naturaleza (II)

Ayer tuvimos en Can Sisteré un rato relajado, lleno de propuestas y en pleno diálogo terrenal con los asistentes a la jornada (algunos de nosotros nos sentimos por un momento lejos del apocalipsis futbolístico y de su apariencia de satisfacción). Quiero recoger aquí algunas ideas que he elaborado tras el encuentro, y hacerlas extensivas a todo aquel  que le interese la temática de esta convocatoria.

Spiral Jetty, Robert Smithson
Continuidad ser humano / naturaleza. Prácticamente la totalidad de las propuestas de los artistas asistentes sugerían la necesitad de una continuidad entre la naturaleza humana y la naturaleza no humana, a través de una variada gama de ideas como las de embrión, semilla, inconsciente colectivo, geometría, sendero humano en el paisaje, tendencia humana al color azul del cielo y del agua, al paisaje abierto y con vistas al horizonte… Una variedad cuyo puente se parece más a un esquema en espiral que a un esquema cuadrangular. Y esto suena curiosa-mente a la ya clásica propuesta de Land Art de la Spiral Jetty, de Robert Smithson. Si pienso en una forma contemporánea de parentesco del clásico binomio microcosmos humano / macrocosmos natural, esta podría hacerse coincidir con una espiral: a) hacemos vertebrar en el punto interno de la espiral al individuo del microcosmos, como eje material y como embrión, diferente de una  mera miniatura;  b) seguimos el curso de sus repeticiones en intervalos cada vez más grandes para ver sus similitudes y las diferencias que supone su filogenética, y descubrimos un mundo de similitudes dependientes de su contexto en cada curva, nada de proporciones definitivas. 

Fotograma de El viento nos llevará.
Abbas Kiarostami
No es casualidad que, en el arte contemporáneo, algunas formas de recuperación de la naturaleza cobren formas de caparazón, espiral o camino, o se acerquen a ciertas propuestas científicas y a ciertos juegos de simetrías. Pero tampoco lo es que algunas tendencias científicas contemporáneas rocen lo artístico, como la teoría de los fractales o el número de Fibonacci, ni que la biología actual se interese por la importancia natural de la belleza. Y a ello no es ajena tampoco la preocupación contemporánea por el medio ambiente y la consideración de la naturaleza como un sujeto digno de autonomía, derecho, voz, respeto e intimidad. El documental Ríos y Mareas, por ejemplo, circula en la obra del landartista Andy Goldsworthy, cuyo lienzo es la naturaleza y cuyas manos son las herramientas para tomar como pigmentos algunas sustancias de materiales naturales y a menudo efímeros (hielo, hojas, madera, piedras) para realizar esculturas y cuadros vivos.
Hielo en espiral como cobertura
a una obra de arte efímera.
Andy Goldsworthy
 A ello no es ajena tampoco la preocupación contemporánea por el medio ambiente y la consideración de la naturaleza como un sujeto digno de autonomía, derecho, voz, respeto e intimidad. El documental Ríos y Mareas, por ejemplo, circula en la obra del landartista Andy Goldsworthy, cuyo lienzo es la naturaleza y cuyas manos son las herramientas para tomar como pigmentos algunas sustancias de materiales naturales y a menudo efímeros (hielo, hojas, madera, piedras) para realizar esculturas y cuadros vivos.
 La naturaleza cobra su figura y se descompone en un proceso que sigue su curso biológico. El Land art pretende reflejar la relación entre el ser humano y la tierra, entre el medio ambiente y el mundo. Invita a interactuar con el medio ambiente sin la intención última de dominar la naturaleza, sino sólo para dejar su marca en ella, para que ambos puedan respirar: el ser humano gracias al aire, la naturaleza gracias a la actividad cultural del ser humano. El arte expresa así su gratuidad y su gratitud ante la naturaleza, su intercambio con ella. Y esto me hace recordar una propuesta del artista Jorge Borrás Llop en su acción desarrollada en la Antártida en 1986, consistente en una pirámide con un péndulo en su interior ubicada en el continente más duro del planeta. En cualquier obra de arte, pero sobre todo en la naturaleza, la tensión deja su marca y es posible que su duración en la obra, su marca.

Jorge Borrás Llop. Pirámide en la Antártida















Brassai. Grafito en París. 1920


Trazo antropológico. En la continuidad entre el ser humano y la naturaleza queda lo suficientemente configurada la propuesta de un artista como Beauys, para quien el juego de la grasa, el fieltro, la miel y la cera son como una alquimia de la naturaleza en su ciclo en movimiento, orientado a la plena libertad. Y la química de este proceso en movimiento, de esta naturaleza por descubrir, impulsa nuestro cuerpo con variaciones que mutan en el presente, como los grafitos que Brassai fotografió en la primera mitad del siglo XX, curiosos representantes de animales casi idénticos a los de las cuevas de Altamira u otras rupestres. Los grafitos muestran las respuestas primarias de unos individuos anónimos que se enfrentaron a la dominación de la naturaleza por parte de la cultura mostrando figuras naturales y probablemente hechas con una de las técnicas más arcaicas de la historia, el rascado y el tallado de la piedra.

          La piedra, además, no es aquí una piedra cualquiera, encontrada en la naturaleza, sino la propia piedra de las fachadas de la ciudad de París, aquella que tapa la singularidad, el camino humano, las lindes del terreno, la marca del pensamiento y del lenguaje, todo aquello que reivindica el grafito en su defensa de los surcos y de las cicatrices y que deja rastros reconocibles en la propia naturaleza, en su intento de reapropiarse de lo que se desvanece o de lo que le es vetado. Aquí tenemos el comienzo del dibujo, su incipiente emancipación en un medio que con el tiempo se irá imponiendo, el papiro, el papel, etc. Un medio, el dibujo, que da sentido a las líneas y a su particular color, textura y dureza, a su agrupación, coincidencia y divergencia en torno a un sentido que surge en el juego con los vacíos que deja y en los que se impone. Por otra parte, el surco colectivo más arcaico de cuantos se conocen, probablemente sea el de los caminos de herradura de la montaña, o el de las lindes de los terrenos de cultivo de los campos de paisajes agrestes, como alguno de los asistentes nos señala hoy, ese trazado humano colectivo que va dejando año tras año la marca en el territorio, en la localidad, en el planeta, como si de una arquitectura ancestral se tratara y como si en un impulso antropológico pensáramos.