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Reencontrar la lectura




El ritmo de nuestras sociedades aceleradas afecta sin duda a la lectura e introduce nuevos problemas y limitaciones, aunque también nuevos horizontes por descubrir. 

        La inmediatez es probablemente el primer reto o escollo que nos encontramos, una fuerza que fragmenta la comunicación, los contenidos y los textos hasta hacerlos momentáneos, parciales y superficiales. Si podemos llegar a una meta rápido, ¿para qué esperar? Frente a ello, la solidez de una obra o un texto parecen vulnerables, demasiado lentos y desmotivadores. Hemos de ser conscientes del poder de seducción que puede producir este fenómeno en nuestros alumnos, cuando tienen a mano tecnologías que ofrecen una “aparente” inmediatez.

       Por otro lado, un segundo escollo aporta un movimiento complementario, que tiene que ver más con los nuevos espacios de lectura y que afecta a la hipertextualidad de la que nos nutrimos en la red. No solo podemos ser más rápidos, sino que la oferta de contenidos, soportes y aparatos que tenemos al abasto puede llegar a inundarnos y aportarnos la sensación de poder dominar toda la enciclopedia virtual. O, por el contrario, darnos la impresión de que podemos sostener nuestro conocimiento tan solo en un nicho específico y aislado del universo virtual.

       Respecto a la lectura, una consecuencia necesaria de todo ello es la dificultad para centrar y concentrar la comprensión de los textos. Si esa dificultad es mantenida en la sociedad, fomenta un aumento de la superficialidad, la simplicidad, la síntesis rápida y la pobreza de los contenidos culturales. El verdadero problema para la enseñanza y la difusión de la cultura sobreviene cuando una sociedad no puede aprovechar bien su potencial cultural, entonces se empobrece y dinamita finalmente su potencial crítico.

         A mi juicio, la principal limitación es, en último extremo, la comprensión lectora. ¿Cómo sacarle hoy más partido a un libro o a un texto que a un grupo de Whatsapp, un vídeo de Youtube o una serie de Netflix? Creo firmemente, y a ello he dedicado algún tiempo en este mismo blog, en la necesidad de una educación textual que afronte el problema no solo desde los aspectos propiamente cognitivos, sino desde los aspectos visuales y estéticos, por un lado, y desde los operativos y sociales de los soportes, por otro.
     
   

        Desde luego, la literatura, el ensayo y el libro de texto tienen mucho que aprender hoy del cine, el vídeo, los chats y las redes sociales. Aunque sea solo porque nuestros alumnos viven en ese entorno “familiar” del que “no sabemos casi nada”, como bien dice Daniel Cassany (2,18’)

       Para reencontrar la lectura, por tanto, es necesario aprender a usar los nuevos soportes textuales y acercarlos a los tradicionales. Estoy convencido de que no es un problema de calidad en los contenidos, sino de la forma o el vestido en que los presentamos y los comunicamos. Creo que en los centros escolares tenemos cada vez más posibilidades, y siempre podemos utilizar también medios de los propios alumnos: suelo organizar mis clases en el entorno moodle, activando foros, glosarios, blogs, links de vídeo o cine y otras tareas, y pido en ocasiones a los alumnos (sobre todo de bachillerato) que utilicen sus móviles, smartphones o tabletas digitales para consultar alguna información necesaria en publicaciones online (blogs, revistas, organizaciones, bases de datos, prensa...), o para plantear alguna propuesta filosófica en otros formatos distintos a los tradicionales, como el vídeo.

          En este sentido, normalmente me resulta sugerente acompañar la lectura con materiales de diferentes tipos, procedentes del arte, la música, la ciencia... y en diferentes formatos como los blogs, el vídeo o el cine. Asimismo a menudo encargo alguna tarea que consiste en elaborar algún texto en formatos alternativos, como participar en un blog o editar un microvídeo. Y otra propuesta que me está resultando muy práctica es la elaboración de un glosario colectivo de términos, con todo un grupo o nivel, de manera que el vocabulario se comparte y supervisa por parte de todos los alumnos en común.

         Creo que necesitamos poder hablar su lenguaje para saber traducirlo al nuestro. Desde mi punto de vista, como ya ha quedado expresado, la competencia básica para potenciar la lectura es la comprensión lectora, con todo el conjunto de problemáticas que supone en la actualidad. Y respecto a ello ya hace algún tiempo que experimento con diferentes formatos de textos, incluido el audiovisual, aplicados a la filosofía, para aprovechar mejor sus contenidos y acercarlos a las características del alumnado actual. 

     El enfoque competencial debería consistir, para empezar, en aprender técnicas con las que delimitar la larga sucesión fragmentaria de informaciones y materiales (capacidad de discriminar), así como conectar la información fragmentaria (poder sintetizar los resultados).
       En segundo lugar, otra competencia relevante a mi juicio es la participación activa del alumno. Es imprescindible dejar abierta la posibilidad a que el alumno introduzca su propia aportación al problema, incluida la posibilidad de utilizar otros soportes o formatos distintos al habitual.

         La cercanía personal al texto es un paso importante que necesitamos del lector. Sin embargo, esto no es incompatible con la comprensión lectora, que debe llamar la atención sucesivamente sobre la estructura, el léxico, el contexto y la época, por ejemplo, para llegar a la parte que a todo alumno le motiva más, la conclusión y aplicación del texto a su vida y a otros contextos, la reflexión personal. Dentro de la competencia lectora, como se dice en “Los retos lectores de la generación Z”, de Gregorio Fernández, para alcanzar la competencia esencial, o interpretación completa de los textos, tenemos que conocer, entre otras cosas, la globalidad del texto. Me gustaría pensar que gracias a ella puede también verse cómo aplicar el contenido del texto a la vida cotidiana del alumno y potenciar su actitud y su juicio crítico.

      En realidad, esta necesidad de aplicar a la vida cotidiana las lecturas del alumnado me lleva a pensar en sus continuas referencias al género de ciencia ficción, los superhéroes (Marvel), el cómic (ánime), el misterio, la acción... Pero también observo una tendencia a lecturas más cotidianas que conectan con el auge de series televisivas como Merlín, y sobre todo con un cierto género autobiográfico de lecturas de diarios que puede enlazarse perfectamente con los videoblogs de los youtubers (he observado que un buen número de mis alumnos siguen a algún youtuber en la red...). De modo que no creo que la literatura actual orientada a los jóvenes esté alejada de la vida real, sino más bien abierta a vidas que de alguna manera son excepcionales o ejemplares, de personajes de referencia o de éxito. 

     En resumen, respecto a las oportunidades lectoras que pueden plantearse, creo que la principal tiene que venir siempre de la mano del propio alumnado: él mismo debe expresar sus preferencias. Está claro que (a excepción de ciertas tareas de carácter voluntario extraordinarias o de investigación) tiene que elegir de un catálogo marcado según el currículum correspondiente, pero siempre se debe impulsar la motivación y la libertad en el modo de acercamiento al texto, con el apoyo de los materiales (textuales, gráficos o audiovisuales) que el alumno considere necesarios para llevar a cabo la tarea.     

     Y para concluir, como reto lector más inmediato considero el acercamiento de los textos de mi materia a los de otras disciplinas del centro, tanto de humanidades como de ciencias, de manera que también los alumnos conecten sus dudas y planteamientos de modo multidisciplinar a través de ese canal. En el aula, mi reto es mejorar la comprensión de los textos de filosofia y hacerlos más cercanos a la experiencia del alumno.

       Dejo abierta la puerta para explorar los caminos: en ese sentido, queda todavía todo un curso para poner a prueba los procedimientos y seguir aprendiendo, algo que siempre se eleva a competencia primordial.

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