domingo, 20 de junio de 2010

El norte del Transeunte, el suelo de nuestra memoria












Ya hace tiempo que quería presentar aquí las iniciativas ensayísticas de un gran amigo de años, con quien he podido trabajar de cerca y a quien debo un gran trecho en edición, corrección y diálogo. En ese trayecto que va desde la colaboración juntos hasta el presente cotidiano, he descubierto grandes momentos vividos, tanto en lo profesional como en lo literario, tanto en lo cultural como en lo didáctico, aspectos que, a pesar de la deforestación actual, muchos como él todavía cultivan y defienden. Este amigo es un enamorado de la poesía y de los viajes, además de un apasionado del arte, analista curioso de las nuevas y de las antiguas perspectivas del libro, conversador vocacional, ensayista callado, traductor erudito, amigo incondicional de la bibliografía e incondicional paseante de las culturas de la Europa central y oriental. Él no lo suele decir, pero es uno de los intermediarios más importantes y comprometidos, en el Estado español, de las culturas de los países del Este.
Como viajero orientado a un norte de amistad encontrada, ha recorrido la geografía física y humana de tres continentes, y dice que todavía considera Europa un «mundo inagotable y lleno de rincones que vale la pena descubrir». En sus artículos creo ver una Europa expandida al Este, bello sueño que hace oscilar hacia Asia los límites etnocentristas de la tradición y del pasado occidental, pero que también se estira expandido hacia el Mediterráneo, donde reposa agazapado el mundo clásico. Leyendo las páginas de sus bitácoras encuentro ese diálogo de límites que pasa por el Este y se desplaza dialogante hacia un sur natural sin el cual sería muy poco de lo que hoy todavía es. Sugiere el sueño de un pasado antiguo cuyas enseñanzas laten en los pasillos que van desde el Báltico hasta los bordes de Turquía, y que con su bruma agradable tapa y destapa sutilmente el necesario diálogo entre culturas, que brota desde el pasado del Sur hacia la transparente modernidad europea, borrada de singularidades y sin pueblos en la globalización cínica, mecánica y ahistórica de nuestros tiempos. Es muy de alabar el afán de detalle, de hacer visible lo minimizado, cuando casi todo apunta a dejar Europa como un solar donde pueda campar la falta de sentido que tanto beneficia al que solo piensa en eliminar barreras para permitir que circule el vil metal, y la falta de interlocutores. Frente a una Europa de hormigón y amnésica de su pasado, que se obstina en desnudar violentamente los ropajes de pueblos que todavía protegen su intimidad con velos, mientras no mira el suelo de diferencias que la constituye, es una buena noticia saber que podemos disponer en la red de dos lugares llenos de salud donde compartir la experiencia y el excelente archivo de saber de unos lugares que desde sus límites nos ayudan a reconstruir los nuestros, así como nuestras identidades cada día más aisladas, desnudas y transparentes.
Es hora de celebrar el primer cumpleaños del Transeunte en la blogosfera, que creo que está a punto, esperando que nos siga sorprendiendo, y felicitarle por el reciente lanzamiento de su nueva bitácora literaria, con la cual abre ahora otro frente de conocimiento y experiencia del que seguramente disfrutaremos otra vez. Quiero felicitarle además por la reproducción en la revista virtual europea Newropeans de algunos de los artículos de sus bitácoras, así como por la buena acogida que han tenido sus iniciativas entre sus lectores.


Como homenaje, cito sus palabras iniciales de presentación: «Aquest transeünt encén cada matí el seu fanal per iniciar un nou trajecte. El nord que albira, que anhela, no és tan sols un espai geogràfic: per a ell és una munió de coses i, singularment, una metàfora, un topos literari i anímic. Potser fins i tot un somni inabastable. [...] És clar que en aquesta bitàcola el transeünt barrejarà records deformats pel temps, tan inevitables com ho ha estat el pas d’aquest temps, i remembrances confoses amb dosis de ficció per ajustar-les més a l’ànsia o al somni que no a la realitat. Li sembla lícit fer-ho, perquè s’imposa en tot i per tot, inexorablement, la llibertat. Una llibertat que, com tota bitàcola, comporta el risc de derives: res no és absolut, ergo tot és relatiu. Res no és constant!»

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