Cuentos de Estética en tiempo de Edición (I): Los sueños


El sueño de los personajes despiertos

Aunque os parezca mentira, simplemente soy un personaje de ficción. Nunca podría pretender ser otra cosa. Y, de cualquier manera, ser de ficción tampoco debe despreciarse… a pesar de no lucir carne y hueso, ni tener circuitos ni metal. Existe un espacio que ocupamos en el universo del silencio, y de eso precisamente trata el relato que quiero contaros.

      Hubo una época en que los personajes de ficción creíamos tener un espíritu emprendedor, al menos eso pensábamos, aunque es posible que fueran imaginaciones nuestras. Ya, ya sé que no se puede generalizar, que siempre ha habido personajes de ficción más irresponsables que otros, o incluso tal vez hubiera personajes que no estaban ni siquiera interesados en ser una cosa u otra, pero al menos en el espíritu de la época de mis antepasados discurría una idea ilustrada de la fantasía. Cada personaje intentaba orientar su argumento en una dirección épica, o dramática, o lo que sea, en el mar inmenso de la fantasía, como si fuera un navegador experto, con su brújula, sus acompañantes, sus enemigos y sus incertidumbres, en el interior de un decorado que se vestía como el horizonte de su viaje: teníamos unos personajes, una ruta, un destino, un regreso tal vez, como el viejo Ulises. Sí, las vidas de mis conocidos más antiguos eran viajes de descubrimiento en el vasto terreno de lo desconocido, y digo «descubrimiento» porque existían mapas, o se trazaban, como invitaciones a pasear, como rutas regaladas a los lectores invitados al viaje de la lectura.

        Todo eso ha caído. No hace mucho tiempo hubo una conspiración de la que todavía no somos conscientes del todo: fueron cayendo los decorados, y desaparecieron los horizontes; fueron desapareciendo los mapas, y a todas horas se nos comenzó a convencer de la inutilidad de construir rutas detalladas, más bien se nos invitó a vagar por el placer de vagar, de modo ciego y voraz, dejando a un lado nuestros deseos y nuestros apetitos, apostando por un placer sin placer, dando paso a una digestión sin paladar. Y la alternativa que se nos ofreció no fue tampoco merodear o callejear, como quien contempla con sensibilidad un paisaje o se deja erotizar por los rincones de plazas y callejas. No. Eso equivale a reinventar mapas o recorridos o volver a la base del arte de viajar. Por el contrario, muchos de mis amigos personajes cedieron a la frugalidad del nuevo ritmo, a la inmensidad de poder que otorga el carecer de objetivos y afectos, y optaron por orientarse sin rumbo en dirección a todo lo que se mueve. Eso es… se desprendieron de sus afectos, de la posibilidad de detenerse, de elegir, de rechazar muchas de las opciones para hacer una pausa momentánea en un territorio.

       Así, la narración no sólo ha muerto con ellos, sino que está ocupada por un vacío lleno de ecos, y cada segundo nuevo en la vida de estos personajes es impredecible, obligado a ser diferente, a que sorprenda y se olvide hasta de sí mismo. Es obligatorio hacer y decir lo que sea. Y una verdadera legión de personajes que en otro tiempo fueron amigos y surcaban en paralelo el mar de la fantasía, ahora pululan como hormigas a las que hubieran destrozado el hormiguero, huyendo en desbandada. Los personajes más voraces funcionan hoy como arados en el bellísimo paisaje de la fantasía, que yace con sus árboles de esperanza caídos, sus flores esperadas cortadas de raíz, sus semillas de ilusión esparcidas en terrenos áridos donde tal vez nunca germinen, erosionados por las grúas del desinterés y la indiferencia. Los hay que embotellan los relieves y colores del pasado en frascos apretados, lejos de su germinación y de su contacto con otros elementos libres del mundo de la fantasía, y lo hacen para almacenarlos en archivos desde los que luego puedan ser reformateados para el revival kitch celebrador, sin conexión con su pasado y su futuro, sujetos a la combinatoria mecánica y ciega del recambio.

         Como ya habréis apreciado, los nuevos personajes mercenarios lo llenan todo con sus carros alados, sus infomáquinas y sus nuevas armas convexas. Algunos personajes amigos han intentado razonar con ellos, preguntarles o tan sólo solicitarles un respeto por los recovecos escondidos en las islas o en las cimas o en los rincones del planeta de la fantasía, un respeto por el sueño de lo que está por venir, por el invierno de la imaginación que descansa y por lo que reposa en lugares de penumbra que tal vez deben quedar con tacto en la intimidad, en soledad, respetados y tolerados por el paso ruidoso de las máquinas o de las manos. Al menos un poco de tacto con el recuerdo, con el sueño, con la detención en el tiempo que supone el contacto de lo erótico en el espacio. Pero todo ha sido en vano. El éxito ha trascendido hasta los personajes: también ellos extraen valor del mundo de la fantasía, gracias a él obtienen su minuto de gloria en su campeonato del éxito, como si de la minería se tratase, sin pensar en el barbecho del sueño, sin caer en la evidencia de que si sobreexplotan las perlas de la sorpresa podrían agotar las reservas de ilusión.

             Pues bien, empiezan a llegar noticias masivas de personajes que ya se han rebelado, y cada vez se oye hablar de más casos de valientes que se han pasado al otro lado de la fantasía. Se sabe de algunos que han diseñado un mapa en secreto y se han dirigido justo a su punto de destino, donde permanecen escondidos a la espera de que todo vuelva a la normalidad. Otros siguen buscando con la intención de encontrar un recoveco donde pasar el invierno de la imaginación, la hibernación de la fantasía. Dicen que están tristes, porque consideran eterna su estancia, aunque parecen tranquilos porque su vida será más dulce. La rebelión está en curso, y todos los personajes partidarios de la ilusión esperan su turno para esconderse en el otro lado de la noche, en el silencio. También sabemos que a algunos los han detenido justo en su momento de fuga, y a otros los han localizado en su escondite. El castigo para éstos consiste en iluminar toda la zona del mundo de la fantasía en la que quieren esconderse, mediante focos y todo tipo de cámaras mediáticas, durante toda la eternidad. A estos personajes sólo les queda la última opción de un personaje de ficción: el suicidio, hacerse invisibles en la claridad, desaparecer, darse por vencidos. Quizás algún día el olvido del público les devuelva la vida y puedan regresar con su ropa echa trizas, pero con todos los honores y toda su dignidad. Porque tenéis que saber que la mayor venganza de un personaje con las tiranías es su eternidad en el silencio: los personajes nunca mueren, y nunca están más vivos que cuando se los condena al olvido. En fin, eso es lo irónico: justo en el momento en que es atrapado un personaje de ficción en su escondite, exactamente en ese momento, antes de escapar al silencio, alcanza su mayor minuto de fama (observad que digo «fama» y no «felicidad», pues a cualquier personaje le hubiera gustado alcanzar la fama de un modo gradual, más duradero e intenso, y menos efímero y fugaz). Pero, precisamente por eso, perdida la posibilidad de ser feliz, y justo en el momento en que se les condena a la transparencia y se les somete a la consiguiente caída, comienza también su preparación para el regreso, porque en su caída comienza su posibilidad de renacer.

        En fin, podréis comprender que cada vez somos más los que vamos a abandonar el mundo a través del espejo, de una manera o de otra, escondidos a la espera de que el mundo de la fantasía recupere su dignidad. Os queda una dura tarea como lectores y espectadores, o como creadores, para conseguir atraer poco a poco de nuevo y con cierto cariño y tacto a los personajes escondidos en el invierno de la imaginación. Intentad velar su sueño, para que ellos velen el vuestro.
       Hasta pronto...


El sueño del equipo médico

Sobre el escenario, Jorge, personaje frágil y atormentado, tierno, de movimientos ligeramente nerviosos. De su mirada se descuelga una profunda pena, una existencia triste. Todos los males parecen haberle caído desde lo más alto, ajenos a su aparente romanticismo, irritados con la obstinación de su sueño, su coqueteo con la vida. De repente, mientras sale de la penumbra de la tabla sobre la que camina, creo percibir que está enfermo y que nadie lo consideraría capaz de moverse por sí mismo, pues se asemeja a la nada, en la que por segundos se derrumba. Y en realidad no es nada, es un minúsculo fragmento de materia inanimada que podría ser articulable pero que no alcanza ni a levantarse de modo autónomo. Nada más débil, nada más frágil. Apenas algo ajeno podría hacerle cobrar vida: tal vez ni siquiera el amor, pues ésa sería posiblemente su herida, a tenor de los síntomas. Sólo el coraje parece animarle desde el interior de sus miembros inmóviles.

Entonces alcanzo a ver una voluminosa mancha tras él, superior a él, casi como una montaña, grande, y ésta sí, articulada, o mejor dicho, ondulante, como una duna de múltiples brazos encerrada en el interior de una gasa negra, en un ejercicio de contoneo variable en infinidad de direcciones. Observo que lo mueve, que lo mece, que cada apoyo es un algodón en el que lo lleva en volandas. Me voy dando cuenta poco a poco de que todo es más sutil de lo que parece, de que los contados pasos que ha dado mi personaje se deben al apoyo de lo que ahora distingo más o menos como un equipo médico, al que adivino escondido en el interior de la gasa y cuya forma tentacular desplaza de modo casi hospitalario a ese hombre que sufre. He dicho hospitalario, pero más bien podríamos catalogarlo de rehabilitación. Adivino en el rostro de nuestro muñeco la calma de los que se sienten arropados, mecidos, apoyados con una mano en cada intento de recuperar el equilibrio. A cada paso una mano que sujeta sus pies, en cada desplazamiento de los brazos una mano amiga que evita la caída inevitable de sus extremidades muertas, de su tronco blando, de cualquier parte de su cuerpo que decida articular un movimiento, amortiguando su mortal paraplejía y su parálisis estructural. Puede percibírsele adherido a su equipo médico, que le da un trato que va mucho más allá de lo geriátrico, mucho más lejos de lo pediátrico, lleno de una ternura que termina destilando casi una relación de intimidad con una criatura que renace, por no decir que nace o que crece desde el punto de partida. Es un bebé que tiene a su servicio toda una orquesta terapéutica.

Vuelvo a tener entonces una visión: ahora es el enfermo el que me parece dirigir toda la puesta en escena, quien parece haber elegido desde el principio a su equipo médico, incluso desde antes de afrontar la inmovilidad, desde antes de afrontar la parálisis que sabía debía proseguir al amor. Ha conseguido unas manos que le sujeten antes de que caiga, que le acompañen en el sueño aéreo de su habitación, que articulen todos los objetos de su recuerdo como si de una corte se tratara, con todo lo necesario para crearle un escenario de objetos inanimados pero vivos en completa danza, en torno a la articulación de su tronco paralizado. Y ahora sólo alcanzo a ver al equipo médico, y ahora me parece que es ese equipo médico el que vive con el consuelo de la tarea: lo veo palpitando, sudando y azorándose por conseguir hasta el final el equilibrio, por evitar que él ánimo de ese tronco desarticulado se extinga definitivamente. Veo oscilar sus múltiples brazos, adelante, atrás, adentro, afuera, otra vez, al revés, cada brazo independiente, como algas mecidas por el mar. Pero el equipo médico sabe que es una tarea vana. El amor es incurable, le prosigue la parálisis, a veces con heridas mortales que sólo permiten recuerdos congelados. El tiempo se acaba, ya casi se ha acabado, la materia vuelve a su quietud, a su silencio, a la espera de otro arranque de amor, porque el amor mueve montañas, y las montañas, después, mueven al amor, evitando hasta el final que se caiga.



El sueño de no poder despertarse

Ya me había sucedido algo parecido en otras ocasiones, pero siempre acababa todo bien. En alguna ocasión el efecto fue más duradero o intenso, pero de un modo u otro conseguí despertarme. Como fuera: con una buena ducha, un café bien cargado, un té, o incluso un buen mate bien fuerte. Pero hoy no ha sido así. ¿Y por qué estoy tan seguro de ello? Bueno, pues porque ya casi es la hora de volver a dormir y todavía no he conseguido despertarme ni un poco. No, no… no es un sueño de ésos que se ejercitan en la cama, de ésos que uno relata parado, recostado, casi inmóvil, como controlado desde dentro y sin poder mover ni un solo músculo, tan sólo escuchando la voz en off del pensamiento sin parar y con un discurso casi redondo por su lógica. No es un sueño de dormido. No veo ningún desfile aeronáutico de imágenes oníricas a cual más florida y hermética. Decididamente no. Yo estoy levantado, por supuesto, y tal vez por eso puedo tener la sensación de que ha pasado un ciclo diario completo, es decir, que me he movido por la casa, además de salir a la calle. Por eso sé que estoy todavía dormido y, para mi desespero, ha llegado de nuevo la hora de dormir sin poder llegar a despertarme. ¿Dormir? ¿Para qué? ¡Si ya estoy dormido! ¡A qué viene tanta ceremonia! Digo que estoy dormido por esa pesantez intensa de mis párpados, sumada a una sensación de poca profundidad de pensamiento que me expulsa de mi habitual realidad de vigilia a un estado de duermevela desesperante. ¿De qué me sirve gozar de estas percepciones tan intensas, o mejor dicho de estas intuiciones, si no puedo llevarlas al otro lado del espejo, ni tan siquiera congeladas, en forma de palabras o de amasijos de ideas? ¿De qué me sirven, si ni tan siquiera puedo dejarme llevar por ellas hasta el fondo de sus mundos maravillosos, ni siquiera dejarme hundir en ellas? Es realmente estúpido. Pero esto también es una idea bastante vaporosa, porque, ¿acaso sé si podría llegar a despertarme? En principio, todo sería tan fácil como decir [voy a intentar decirlo]: «Escucha: después de este chasquido de dedos te vas a despertar; ya está bien de tonterías». [Pero al final no lo digo, aunque sí chasco los dedos.] Nada, que no pasa nada; la magia debe de estar en la voluntad de despertarse, y parece que a mí no me da la gana despertarme. Lo peor es que ya casi es la hora de dormir, y no tengo hambre, y no he comido casi nada en todo el día. Me temo que no voy a solucionar nada con meterme en la cama de nuevo y seguir con este sueño. En realidad estoy un poco harto de este sueño. Voy a tener que imaginarme algo que me saque de este estúpido callejón sin salida. Veamos una solución: si me relato un cuento a mí mismo, tal vez me quede tan encandilado que por efecto de algún paisaje caiga totalmente derrumbado y mi sueño termine por ser del todo un sueño, no como si fuera real, como éste. Tal vez pase con los sueños lo mismo que con las cosas que no terminan de ser, que se demoran y pesan como losas aburridísimas. Eso es, este sueño no termina de ser del todo un sueño, por eso es tan pegajoso. Tengo que buscar algo que me aporte el suficiente magnetismo de imágenes que necesito, para terminar de redondear la situación. Estoy muy cansado…

Vuelta otra vez… he leído un par de relatos cortos, he visitado veinte páginas web y he consultado en cuatro chats de noctámbulos casos parecidos. Nadie sabe nada. Nada me dice nada, ni me soluciona nada. Decididamente, tiro la toalla, no sé como hacerlo, ya no puedo hacer nada más, tal vez no tenga más remedio que quedarme así el resto de mi vida, o de mi sueño… Fijaos, mientras os digo esto pienso que no es un sueño, sino medio sueño, y sigo teniendo la sensación de que no puedo despertarme, de que tengo un sueño pesadísimo, de que mi cuerpo no reacciona, y me dejo llevar, tal vez lo mejor sea echar una cabezadita, y dar un pasito más en el sueño, y dormir, plácidamente, así, de un tirón, si puedo… […]

[Os parecerá mentira, pero este silencio significa, ni más ni menos, que por fin he podido dormirme. Y ésta creo que sí es mi voz en off. Al menos eso creo. Además, parece que por lo menos ahora no quiero abrir los ojos. No tengo esa sensación de estar luchando contra algo que se resiste a mis deseos. Mis párpados han decidido caer, como un telón tupido de terciopelo suave. Tengo la sospecha, tal vez poco fundada, de que mañana despertaré como si hubiera dormido tres semanas, como si saliera de una cama con dosel y de una habitación con contraventanas y gruesas cortinas, y que estaré profundamente despierto. ¿Que no me guardo rencor por no haber conseguido despertarme? ¿Qué no he arrebatado ningún tesoro en este viaje de sueño despierto? Pues no… sólo me alegro de la fugacidad que ha quedado ahora en mis tejidos, y creo que ahora deseo un sueño profundo, más allá de la monotonía de los sueños semidormidos o semiconscientes. Sospecho que tendré nostalgia de la rebeldía de mi cuerpo en esos momentos de imposible despertar. Pero sé que los seres contradictorios sabemos luchar tanto con la vigilia como con el sueño.

Ahora os dejo, pero no olvidéis que conviene no despertarse de golpe, pues me temo que es casi peor que no poder despertarse o ser consciente de que se está semidormido, y, por supuesto, es infinitamente peor que estar dormido tan profundamente como yo ahora. Dulces sueños.)

Sueño en el jardín de los bonsais
Ahora no recuerdo qué motivo me hizo entrar en aquella oficina. Sin embargo, cuando quise darme cuenta, ya estaba allí plantado, metido como quien dice en un sembrado de papeles, teléfonos, mostradores y pantallas de ordenador. Antes de articular una sola palabra en respuesta al «Qué desea», todo se abalanzó ante mis ojos: de un simple vistazo pude ver todo el pasado de aquellas personas cruzando precipitadamente ante mis ojos. Supe que no siempre habían sufrido aquella desproporción, y que en otro tiempo habían ido al compás de su correspondiente desarrollo biológico, y que habían gozado de la fortuna de ser criaturas pequeñas y vibrantes con un futuro prometedor. La vida, aunque difícil, había parecido sonreírles, pero la alegría les había durado demasiado poco tiempo. La cruda realidad de unas manos que nunca han cejado de aprisionar la resistencia de las cosas vivas o muertas, hasta doblegar su naturaleza o su estructura molecular, terminó por encontrarse también con ellos, como lo había hecho hasta ese momento con otros seres vivos. En principio, el móvil eran las necesidades y la costumbre, hábitos teñidos incluso de colores tradicionales; nada que no fuera sobradamente conocido. Pero, en último extremo, latía la necesidad de dejar una marca viva en el cuerpo de la víctima, algo que devolviera al poderoso la imagen de su modelado. Era necesario que sus raíces no crecieran, que su alma permaneciera en un espacio reducido para inducir un lento desarrollo de su espíritu. Poco alimento, mínima estabilidad, máxima compresión. Incluso eso no bastaba, también había que aprisionar sus extremidades, sus troncos, evitar que crecieran demasiado; convenía podar sus apéndices en las épocas más relevantes del año, y someterlos a unas condiciones de luz y de calor no demasiado benevolentes. El objetivo final era la creación de un medio ambiente de miniatura, controlado, un terrario en el que poder contemplar la gran obra del ser humano: un mundo externo lo más parecido a un espejo en el que se reflejara de modo ideal la esfera informe y contagiosa de los dominadores.
          Tengo que admitir que, después de aquel día, después de contemplar aquel pasado ante mis ojos, considero una hazaña que algo pueda sobrevivir con aspecto firme. Y eso que aquellos seres eran enanos, si se los compara con cualquier otra persona no sometida a tales vejaciones, pero no por eso dejaban de defender su vida como el que más, incluso a sabiendas de que no podían hacer casi nada. Aquellos, de verdad, fueron unos minutos de pánico estremecedor, y no pude evitar pensar, cuando salía de aquella oficina, que a aquellas personas les habían aplicado una técnica parecida a la de los bonsáis. Desde aquel momento ya nunca he vuelto a sentirme del todo cómodo ante estos tiernos y minúsculos arbolillos. Pero, sobre todo, me produce terror entrar en las oficinas y frecuentarlas.