miércoles, 6 de mayo de 2009

Sicko. Michael Moore (2007)


Supongo que casi todo el mundo habrá visto ya la última propuesta de Michael Moore. ¡Cielos, qué miedo! Aplausos para él, y dos palabras: sencilla, de una claridad diáfana. No hay mucho que decir, sólo una rápida reflexión: oscarizado o no, considero que todavía aporta genialidades, en este caso la idea de buscar un argumento como la sanidad para dar en el clavo de todo un sistema que es el falso ejemplo de democracia, libertad y racionalidad en el mundo. ¿Qué se puede esperar de un sistema individualista, si no es que, justo en el punto en que se necesite ayudar a alguien que lo requiera, se le niegue a éste la ayuda?
Precisamente ésa es la cúspide del capitalismo, el punto en que sólo se pueda llegar a salvar el que tenga más dinero, es decir, el que tenga la suficiente suerte y capacidad de corrupción como para mantener el bolsillo cubierto y tener así lo que en otros sitios se consideran derechos fundamentales, como la sanidad y la educación. Nos venden esa libertad como la panacea, la libertad de salvar el pellejo en la forma de sálvese-quien-pueda. Pero es sencillamente “mentira” que sólo con poner ganas y coraje alguien pueda salvarse, pues quien no tenga las condiciones básicas no podrá ser nunca libre. El sistema estadounidense se basa en que toda la ganancia de valor que aporta la ciudadanía, todos los días en conjunto, todo ese valor que entre todos colaboran a edificar, en lugar de revertir en la construcción de una estructura que sepa cuidar a todos sus ciudadanos en los momentos de conflicto, debilidad, crisis o salud (fases que no son producto de un capricho ni de la dejadez, y que se ha demostrado repetidamente que afectan a todas las personas, con independencia de su cultura, su clase social o su procedencia), toda esa ganancia que se produce en colaboración, vaya a manos del individuo, se localice en puntos de poder o de control, en lugar de concentrarse en torno a la población, que es la que después podrá seguir construyendo el futuro. Unos pocos que se miran el ombligo acumulan todo lo que necesita el resto para seguir tirando del mundo y de su vida, en todos los sentidos, incluso el biológico. Parece que nos quieren exigir que sobrevivan sólo los más fuertes, malos y afortunados. Y luego dirán que no creen en Darwin. Será cómo en todo: que sólo toman de las teorías y de las ideas lo que más les gusta, como en sus películas de Disney. La suya es una vida pasada por el filtro de lo fácil, que a la hora de la verdad, se hace muy difícil. Es una lástima para los ciudadanos con conciencia de ese país, que los hay y no pocos. No está de más que vayáis a verla.

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