viernes, 12 de septiembre de 2008

Hace mucho que te quiero. Philippe Claudel. 2008


Quién no ha soñado despierto con dar abiertamente los primeros pasos después de un trauma, su curso lento, lejos de la histeria, del rencor profundo, del autoengaño, de la obsesión... Lejos del olvido y la redención. Quién no se ha extrañado con que ese sueño apareciera encajado en el paso lento de algunos seres conocidos, o en uno mismo, todos pacientes, silenciosos y discretos, aunque fuera sin focos que lo quemen todo con su exagerada y luminosa luz, aunque fuera despacio, en silencio, pasando por los intervalos de penumbra. A decir verdad, puede haber muchos territorios de verdades, pero también hay certezas que se toman en su justo punto de emergencia, y que caen libremente con su peso por la pendiente de la experiencia, hasta el instante de elección que la continuidad de la vida exige. Probablemente es así como el tiempo sortea los traumas, sin enterrarlos, reproducirlos ni monumentalizarlos, sino más bien pasando a través de sus estrecheces.

Por supuesto, el engranaje de esa milagrosa sensación son los sentimientos, un rostro marcado por la tragedia, una piel comprimida por el mutismo del dolor, un silencio transmitido de rostro en rostro llevando consigo las heridas comunes y la comprensión inevitable de los otros. La sencilla y directa espontaneidad del infante, la cruda e irreversible temeridad del suicida, la debilidad del verdugo que reclama amor postrero a su víctima, la vehemencia del sentimiento directo, la explosión de la sinceridad o del llanto, el cariño de la sorpresa, la sorpresa del cariño. El romanticismo resulta así un ademán, un gesto amanerado, ante la fría y directa emergencia de los sentimientos, ante su tacto sin redenciones convulsivas y su mirada profunda...
La opera prima de Philippe Claudel muestra un compendio del aislamiento que empieza por la cárcel, pasa por la memoria borrada y cruza por la soledad, la amnesia y los correspondientes vacíos de la madurez, la vejez y la infancia, por el muro de los secretos y el duelo. Sin embargo, al mismo tiempo está llena de puentes señalados y trazados por los sentimientos. Desde el trauma hasta la renovación de la vida, la evolución de los personajes se convierte en un dominó de emociones que conduce a cada uno de ellos a incorporar el recuerdo en su vida cotidiana. Sin choques. En la película evolucionan también, simultáneamente, los colores y la luz, del gris oscuro al más suave, al tiempo que las sonrisas surgen ligeramente, tanto en su acercamiento a la vida como en su complicidad con las heridas. «Había que volver poco a poco hacia la vida», dice el director: «Reencontrar su cuerpo, mostrarlo de nuevo, sentir el agua en la piel, era una forma de resurrección, de reconquistar la libertad».
No sé si lo consigue, pero al menos todo está situado en un punto comprensible de tensión que deja abierta la posibilidad del mundo sin sacudidas, frialdades ni cortinas de humo, al margen de las verdades que lo atrapan en la red de lo evidente. Conviene ponerse en el lugar de los hechos, contextualizarlos, para justo en ese momento ver cómo cobran su dimensión real, temporal y contrastable, fuera de la idealización. La evidencia es así tan verdad como su confirmación material, y su confirmación ya no lo es tanto, precisamente porque los hechos vividos son siempre más pequeños, ricos y complejos que las ideas y las imágenes que los muestran, porque nos desbordan al ser más reales que verdaderos.

Philippe Claudel nos presenta en esta película la asimilación progresiva de un trauma personal y familiar que en formato de thriller cotidiano se va desenvolviendo para concluir en el origen de toda situación: en el eterno, permanente y necesario punto de partida de todo suceso, el reinicio, el choque salvado por la necesaria continuidad reflexiva de los sentimientos y de las decisiones valientes.

1 comentario:

  1. ¡Hola, Tomás!

    En primer lugar, te felicito por tu espacio de reflexiones estéticas. Me parece muy interesante.

    Y, pasando ya a la entrada sobre Hace mucho que te quiero: como la vida misma. Más que leer, habrá que ver lo último de Claudel.

    Me despido con el avance* de la película, que queda anotada en mi lista de pendientes:
    www.youtube.com/watch?v=bdfP1NQR-u4

    Recuerdos y un fuerte abrazo. ;-)


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